El cliente que siempre tenía razón
Nivel B1+ / B2 inicial · Lectura sin traducciones
El lunes por la mañana, Andrés llegó a su estudio de fotografía con la esperanza de tener un día tranquilo. Había trabajado durante todo el fin de semana y apenas había dormido seis horas.
Nada más sentarse frente al ordenador, sonó el teléfono.
—Buenos días. ¿Hablo con el fotógrafo?
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Mire, necesito que me haga unas fotos familiares. Pero le advierto que soy bastante exigente.
Andrés suspiró en silencio.
—No se preocupe. Llevo más de veinte años trabajando como fotógrafo.
—Perfecto. Entonces sabrá que no me gusta perder el tiempo.
—Claro. ¿Cuántas personas van a participar?
—De momento, seis. Aunque puede que vengan mis suegros, mis tres sobrinos y la hermana de mi mujer.
Andrés cogió una hoja de papel y empezó a hacer cálculos.
—Entonces, ¿seis o doce?
—Depende de cómo se levanten ese día.
Andrés decidió no hacer más preguntas.
—¿Qué día le vendría bien?
—El sábado a las cinco de la tarde. Y quiero que haga buen tiempo.
—Haré todo lo posible para elegir un lugar adecuado, pero no puedo controlar el tiempo.
—¡Hombre! ¡Alguna garantía tendrá que darme!
Andrés miró por la ventana y deseó que aquel hombre estuviera bromeando.
El sábado, Andrés llegó a la playa media hora antes de lo previsto. Había preparado las cámaras, comprobado las baterías y elegido un lugar con buena luz.
A las cinco en punto apareció el cliente.
Venía acompañado de diecisiete personas, dos perros y una señora mayor que caminaba con bastón.
—¡Buenas tardes! —gritó el hombre—. Al final hemos venido unos cuantos más.
Andrés contó rápidamente a los presentes.
—Me había dicho que serían seis, quizá doce.
—Bueno, ya sabe cómo son las familias. ¡Cuantos más, mejor!
La señora mayor se acercó al fotógrafo.
—Joven, ¿usted puede quitarme veinte años en las fotos?
—Puedo suavizar algunas arrugas, señora.
—¡Pues quíteme treinta! ¡Que para eso estamos pagando!
Andrés sonrió educadamente.
La sesión empezó con bastante retraso porque nadie se ponía de acuerdo sobre dónde colocarse.
—¡Los niños delante! —ordenó el padre.
—¡No, los abuelos delante! —protestó una mujer.
—¡Yo no quiero salir al lado de mi cuñado! —gritó otro hombre.
Mientras todos discutían, uno de los perros se escapó y salió corriendo hacia el agua.
—¡Que alguien agarre al perro! —gritó el cliente.
Su hijo intentó atraparlo, pero tropezó y cayó de rodillas en la arena.
Andrés levantó la cámara por instinto y tomó una fotografía.
—¡No saque fotos ahora! —protestó el padre.
—Perdone. Es la costumbre.
Después de cuarenta minutos, por fin consiguió reunir a toda la familia.
—Muy bien, todos mirando a la cámara. ¡A la de tres!
Justo cuando iba a disparar, el cliente levantó la mano.
—Un momento. ¿Puede hacer que parezcamos más delgados?
—Puedo hacer algunos retoques después.
—Estupendo. Y que mi hermano parezca más alto. Siempre ha sido el bajito de la familia.
—Haré lo que pueda.
—Ah, y mi suegra quiere que le cambie el color del vestido.
Andrés respiró hondo.
—¿Algo más?
—Sí. ¿Podría poner un arcoíris detrás de nosotros?
Andrés miró al cielo, que estaba completamente despejado.
—Supongo que puedo añadir uno durante la edición.
—¡Fantástico! Entonces, ¿para qué necesitamos buen tiempo?
Dos días después, Andrés había terminado de editar las fotografías.
Había eliminado algunas arrugas, corregido la iluminación y conseguido que todos parecieran bastante felices, incluso el cuñado que no quería estar allí.
Cuando el cliente recibió las imágenes, llamó inmediatamente.
—¡Andrés! ¡Las fotos son magníficas!
—Me alegro mucho de que le hayan gustado.
—Solo hay un pequeño problema.
Andrés cerró los ojos.
—Dígame.
—Mi mujer dice que salimos demasiado perfectos.
—¿Cómo dice?
—Que parecemos una familia que nunca discute. Y eso no es nada realista.
Andrés no sabía qué responder.
—¿Y qué quiere que haga?
—¿Recuerda la foto en la que mi hijo se cayó intentando atrapar al perro?
—Sí, claro.
—Pues esa es nuestra favorita. ¿Podría imprimirla en tamaño grande? Queremos colgarla en el salón.
Andrés soltó una carcajada.
—¡Por supuesto!
—Y una última cosa —añadió el cliente—. ¿Podría quitar al perro de la foto?
Andrés se quedó callado unos segundos.
—Pero... ¡el perro fue quien provocó la caída!
—Ya, pero mi mujer dice que el perro sale muy despeinado.
Al terminar la llamada, Andrés se echó hacia atrás en su silla y empezó a reírse.
Había pasado más de veinte años intentando conseguir fotografías perfectas.
Y aquel día comprendió que, a veces, las mejores fotografías son precisamente las que no salen como uno había planeado.
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