El fotógrafo y el cliente misterioso
Era viernes por la mañana y Daniel, un fotógrafo que vivía en una pequeña ciudad junto al mar, estaba desayunando cuando sonó su teléfono.
—Buenos días. ¿Hablo con el fotógrafo Daniel?
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Necesito unas fotografías muy especiales. Es una sorpresa para mi esposa.
—¡Qué bonito! ¿Es su aniversario?
—No exactamente. Prefiero explicárselo en persona.
Daniel había trabajado como fotógrafo durante más de veinte años, pero nunca había recibido una llamada tan misteriosa.
—De acuerdo. ¿Dónde quiere que nos encontremos?
—En la playa, mañana a las siete de la mañana. Y, por favor, no le diga nada a nadie.
Después de colgar, Daniel se quedó mirando el teléfono.
—¡Qué hombre más raro! —murmuró.
Su esposa, que estaba preparando café, le preguntó:
—¿Quién era?
—Un cliente que quiere hacer algo secreto en la playa.
—¿Secreto? ¿Y cuánto te va a pagar?
—Todavía no lo sé.
—Pues será mejor que se lo preguntes antes de levantarte a las seis de la mañana —respondió ella.
Al día siguiente, Daniel llegó a la playa con su cámara, dos objetivos y un trípode. Todavía estaba oscuro y no había nadie.
Esperó diez minutos. Luego veinte. Finalmente, apareció un hombre con gafas de sol, un sombrero enorme y una maleta.
—¡Buenos días! —dijo el hombre—. Me alegro de que haya venido.
—Buenos días. ¿Dónde está su esposa?
—En casa. No sabe nada de esto.
—¿Y qué quiere que fotografíe?
El hombre abrió lentamente la maleta.
Dentro había un pequeño perro vestido con un traje de novia.
Daniel se quedó con la boca abierta.
—Perdone, ¿es una broma?
—No, señor. Mi esposa siempre ha querido una fotografía de nuestro perro vestido para una boda.
—¿Y dónde está el novio?
—¡Ah! ¡Buena pregunta!
El hombre sacó su teléfono y llamó a alguien.
—Cariño, ¿puedes traer al gato?
Daniel comenzó a preocuparse.
—Un momento. ¿Me está diciendo que vamos a fotografiar una boda entre un perro y un gato?
—Exactamente. ¡Y queremos que parezca una boda de verdad!
Media hora después, llegó la esposa del hombre con un gato negro que llevaba una pequeña corbata roja.
El perro estaba tranquilo, pero el gato parecía tener otros planes.
Cada vez que Daniel intentaba sacar una foto, el gato se escapaba. Primero se escondió detrás de una palmera. Después saltó sobre la mesa donde habían colocado el pastel. Finalmente, se metió dentro de la maleta y se negó a salir.
—Creo que el novio se ha arrepentido —comentó Daniel.
—¡Qué va! —respondió la mujer—. Simplemente está nervioso.
Después de casi dos horas, Daniel consiguió tomar una fotografía perfecta: el perro miraba directamente a la cámara, mientras el gato estaba sentado a su lado con una expresión de absoluto aburrimiento.
—¡Maravilloso! —gritó el hombre—. ¡Es exactamente lo que queríamos!
Cuando Daniel llegó a casa, su esposa le preguntó:
—¿Qué tal ha ido la sesión?
—No te lo vas a creer. Hoy he fotografiado una boda entre un perro y un gato.
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿Y te han pagado?
—Sí, y bastante bien.
—Entonces no hagas tantas preguntas. ¡Ojalá todos tus clientes fueran así!
Daniel sonrió.
Después de tantos años como fotógrafo, había aprendido una lección importante: nunca sabes qué puede pasar cuando contestas el teléfono.
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